Fútbol Mundial

Zidane, mejor escrito en presente

Zidane, mejor escrito en presente

Foto: Getty Images

Un primero de julio de 2006, Zidane jugó uno de sus mejores encuentros en los Mundiales. Su vigencia, puesta en duda, se hizo notar en Alemania y Brasil pagó las consecuencias.

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El reloj de Zinedine Zidane hace rato que corre en dirección contraria. A la inversa. Noventa minutos y sus descuentos regulan su plazo final, y su decisión lamentablemente no conserva la opción de volver atrás. La incertidumbre que sopla, los 34 junios que carga sobre la espalda y esa voz aguda que repite a su oído que “todo tiempo pasado fue mejor”, añaden suspenso a la música que suena fuerte en su interior. Pero no es miedo, son ansias. Misterio. Una sensación a la que sus pies, y su mente, están a punto de enterrar en suelo de Frankurt.

No sé si es una premonición, pero los botines amarillos de Zidane copian el color de la camiseta que viste a los brasileños. Es de noche y Ronaldinho, Ronaldo y Kaká sonríen a la intriga de Zizou. Lo miman, abrazan y sin querer acarician aquel azulado número 10, al cual esperan mandar a la memoria en instantes. De hecho, por bulla y cartel, Brasil es el candidato mayor y, por tanto, el más indicado para jubilar a Zidane.

Pero el corazón del fútbol le debe una oportunidad más al francés y en el ocaso de su carrera aún hay amanecer en su juego. Dicen que la primera jugada de un partido empapa de confianza y Zidane no cuestiona. Rápidamente roba aquello que le pertenece, el balón, y lo pisa con naturalidad. Lo esconde como tantas veces,  pasa de Zé Roberto y Kaká y elude a Gilberto Silva a su antojo.  A continuación, mata en seco una pelota que baja de los aires, hace un sombrero a su amigo Ronaldo y sus pases se confabulan como mecanismo de todo un equipo.

Es evidente que a Zidane todavía le queda algo de combustible. Y de una pelota parada, que viaja al segundo palo, Henry devuelve a Brasil a casa. Al igual que ante España, Zidane no oculta señales de grandeza. A su vez, el retiro le solicita ajustar cuentas. Sin embargo, el reloj todavía le pertenece y lo lleva amarrado a su cabeza.